Teléfonos móviles y menores de edad, ¿estamos preparados?

Niños y adolescentes son los máximos perjudicados de la última expresión del capitalismo desmedido, la omnipresencia de pantallas y redes sociales. Pese a tener múltiples aspectos positivos, la falta de regulación efectiva y el uso excesivo de los teléfonos móviles han mostrado un aspecto cruel en los menores de nuestra sociedad, llevando a aumentar los casos de ansiedad, estrés, autolesiones, e incluso suicidios.

La cantidad de estudios en los que se mide el uso de los móviles en la sociedad y las implicaciones que esto tiene va en aumento en los últimos años. No es de extrañar, puesto que vayamos a donde vayamos es uno de los dispositivos más comunes, si es que no es el más común, de nuestro escaparate urbano. En tiendas, en restaurantes, por la calle, en el campo… y, por supuesto, en las escuelas. Algunos de esos estudios que mencionábamos nos hablan de los problemas de concentración de niños y adolescentes, las dificultades para sacar las asignaturas adelante, o los conflictos con profesores y otros alumnos.

El uso de móviles en las aulas está regulado generalmente, y aunque difiere entre comunidades, lo que queda claro es que es un motivo de preocupación para docentes, pero sobre todo para padres. Esto ha llevado a Francia a aprobar una ley que no permite la venta de smartphones sin control parental para aplicaciones desde 2023, y a la prohibición del uso de estos dispositivos en escuelas desde 2018.

Los intentos de suicidio en niños y adolescentes han aumentado en casi un 2.000% en la última década.

Sasin Tipchai en Pixabay

Las personas más amantes de la tecnología y que ven con buenos ojos el desarrollo que está teniendo nuestra sociedad en ese sentido podrían preguntarse si realmente hay que llegar a estos «extremos» en los que se prohíbe en vez de adaptar o limitar. Lo cierto es que este es un terreno relativamente nuevo, ya que nunca los desarrollos fueron tan rápidos, como estamos cansados de escuchar. No hay más que ver las dificultades que tuvieron los congresistas estadounidenses para cuestionar el funcionamiento de Facebook durante la audiencia a Mark Zuckerberg hace unos años. Así queda claro que las leyes son reactivas en lugar de proactivas, y por tanto siempre hay gente sufriendo las consecuencias del desarrollo no regulado o, al menos, no bien regulado.

Es curioso, en todo esto, que quienes desarrollan los teléfonos y sus aplicaciones quieran limitar a sus hijos el acceso a los frutos de su trabajo. Eso nos habla de cómo ven el perjuicio que esto puede acarrear a otros, y la falta de moral de la industria, que es capaz de recomendar móviles para niños e ir implantando así su consumo. Está comprobado que en cerebros en desarrollo hay ciertos estímulos que generan un pico de dopamina, lo que puede fomentar una adicción a través de un sistema de recompensa inmediata y de corta duración. A diferencia de otras «drogas», las pantallas y redes sociales, no están tan mal vistas en nuestra sociedad. Ningún adulto en su sano juicio, creo, daría drogas a sus hijos menores de edad, pero el desconocimiento y la presión social de inclusión a través de las pantallas hacen que más del 70% de niños de 12 años tenga un smartphone y que a los 15 la cifra sea de casi el 95%. 

Con más de 7 horas de uso diario de teléfono de media en la población de 15 a 29 años, los móviles son una de las mayores fuentes de conflictos familiares que existe. Sin embargo, existen problemas que van mucho más allá de las discusiones y malentendidos entre padres e hijos. Las pantallas pueden generar dependencia y, en muchos casos, problemas con la autoestima, aislamiento, ansiedad y trastornos que pueden derivar en autolesiones, llegando incluso a tratar de quitarse la vida, con terribles desenlaces en muchas ocasiones. Los intentos de suicidio en niños y adolescentes han aumentado en casi un 2.000% en la última década. Lamentablemente, hoy el suicidio es la primera causa de muerte entre los 12 y 29 años. El acoso, los insultos, o la denigración de otras personas a través de conversaciones grupales en redes, o gracias al anonimato que proporciona internet, pueden llevar a situaciones inconcebibles para madres y padres. Además, el consumo de contenido que genera modelos de belleza o la presión patriarcal que hay sobre la imagen de la mujer hacen que estos comportamientos sean mayoritariamente en mujeres adolescentes de 13 a 17 años.

Oleksandr Pidvalnyi en Pixabay

En este contexto social, con cifras desgarradoras, hay que plantearse cómo nos enfrentamos a las diferencias entre personas, cómo unas conductas pueden hacernos gracia o llevarnos a la mofa, y cómo los pequeños aprenden de nuestro comportamiento. Esto es especialmente importante con quienes pueden tener una predisposición a la depresión o personas más sensibles y neuro-divergentes, como puedan ser personas autistas o asperger. Para intentar poner solución a muchos de estos problemas, se han lanzado propuestas de diversa magnitud y alcance. Como ejemplo práctico hay más de una solicitud de firmas para llevar al congreso peticiones específicas que prohíban el uso de los móviles a menores de 16 años dada su relación con depresión, falta de sueño, estrés, etc. Actualmente se están poniendo en marcha limitaciones al contenido en redes sociales en Francia para evitar contenido que promueva la ludopatía o cirugías plásticas, entre otras, algo que sin duda es replicable en otros estados. Más allá de soluciones técnicas, se aboga por una sociedad comprometida que ayude a la salud mental en edades tempranas y, algo que se está perdiendo, el poder aburrirse y descubrir el mundo a través de dejar la mente libre de estímulos continuos.

Uno de los mayores desafíos que tenemos por delante para mejorar como sociedad, no es fácil, y genera reticencia, pero igual que otros controles se han implantado, ¿cómo podemos dejar que sean los menores quienes paguen las consecuencias de nuestro capitalismo voraz y desmedido?

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